Seimeira de Vilagocende (A Fonsagrada, Lugo)

Cierto es que me conformo con poco, las cosas como son. Fácilmente me encuentro feliz y plena y disfrutando de cualquier lugar en el que me encuentre porque tiendo a, automáticamente, encontrarle el lado positivo y bonito… pero hacía tiempo que no disfrutaba tanto como lo hice este fin de semana, conociendo un lugar que no conocía y disfrutándolo al máximo por más de una razón.

Se trata de la Cascada de Vilagocende en A Fonsagrada, provincia de Lugo. Es uno de esos paseos que te piensas dos veces antes de hacerlo porque, en nuestro caso, conllevaba movernos 413 kilómetros (ida y vuelta), pero finalmente mereció la pena a pesar de todo. Y digo “a pesar de todo” porque si bien es cierto que estamos teniendo en general días muy calurosos, me atrevo a decir sin equivocarme que fuimos el día de más temperatura de las últimas semanas. Pero evitaré quejarme al respecto puesto que excepto por eso, todo lo demás fue perfecto, con un milagro incluído que no me esperaba.

Hay que reconocer que está bastante bien señalizado una vez llegas a Vilagocende. El último kilómetro y medio apróximadamente hay que hacerlo con más calma, puesto que como suele ser habitual cuando quieres acceder a un espacio natural que se trata de conservar lo más natural posible, te sueles encontrar con pistas más estrechas y difíciles de transitar, aunque todo sea dicho, asfaltada perfectamente. No hay duda, cuando llegas al camino que ya debes bajar a pie, está perfectamente visible e indicado (no sólo con la señal que se aprecia en la foto). Eso sí, por tu bien que no haya nadie más visitando este hermoso lugar, porque caben como muchíísimo y siendo muy generosos con el espacio, 3 coches.

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Aparcado por fin el coche, comienza la bajada a pie de apróximadamente 1 kilómetro.

El calor lo sufrimos en este momento. Por ejemplo, cuando vas a la Fervenza do Toxa (Silleda), la bajada es muucho más larga, pero está completamente cobijada por los árboles, pero en este caso es más el sol que te pega en la cabeza que los sitios en los que te refugias para parar unos segunditos en pequeñas sombras y de paso hidratarte.

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Esta foto representa la mayor parte de la bajada. Sin apenas sombra. En nuestro caso bajo 35º a las 15:45h.

Bajar nos llevó 16 minutos, como digo con esas pequeñas paradas para hidratarse. Lo cierto es que en esas condiciones se disfrutaba más cómo aumentaba la intensidad con la que se escuchaba el agua correr a medida que nos acercábamos.

La primera señal de que estábamos cerca fue toparnos con una mesa y sus respectivos bancos (uno entre la maleza y el otro todo destrozado). Esto lo recalco porque cuando me informé previamente sobre el sitio leí que había “varias mesas y bancos para comer” lo cual es totalmente falso. Lo único parecido es lo que ves en la siguiente foto y que acabo de describir.

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En la cascada de Vilagocende disfrutarás de la naturaleza, pero no te lleves un tupper para comer si no pretendes hacerlo de pie o en una mini roca.

Y así como observas ese amago de merendero, comienza un pasamanos de madera que te indica que tu destino está cerca. Durante un buen tramo desde que el camino se estrecha y el pasamanos evita que te caigas al río, tendrás que sortear la maleza como puedas. No lo fotografié porque como imaginarás, estaba deseando llegar y meterme en el agua, pero nada que ver con esta foto en la que sí que ya se observa la cascada y es lo más parecido a ver la luz al final del túnel que tuve en mi vida.

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En nuestro caso, llegar a la cascada fue como ver el cielo. Aunque el cielo real lo vi al meter los pies en el agua.

Y llegó el momento. El momento de disfrutar de un lugar de ensueño y sobre todo con el milagro que se produjo. Todo aquel que me conoce, sabe que siempre dije que pagaría por estar sola (con la compañía que yo quisiera, claro) en A Fervenza do Toxa, ya que es un lugar que hasta ahora siempre definí como mi favorito. Pues en Silleda nunca pudo ser, pero en Vilagocende pudo ser y fue, y creo que es lo que más me gustó. Que no hubiese nadie más. Que estuviésemos a nuestras anchas. Fotografiando, bañándonos, riendo, gritando, en silencio…

Y poco más puedo añadir porque lo que cada uno vive en un lugar así es muy personal. Algunos sólo ven agua cayendo. Otros vemos mucho más.

En resumen, te recomiendo la visita a este lugar al 100% a pesar de las críticas de las cosas superficiales a las que yo no les doy ninguna importancia. No sé cuál es el motivo por el que estaba completamente vacío. Supongo que una mezcla de que hay mucha gente que todavía no lo conoce, de que está muy poco accesible y muy lejos del centro de Galicia, de que hacía un calor de muerte y eran las horas centrales del día… Pero si tienes la suerte de ir y topártelo así, lo disfrutarás mucho más y sentirás que el desplazamiento valió la pena el doble.

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